Diario de unas vacaciones en Grajales
(O el preámbulo del Quebrada Blanca)
El Cerro Penitentes se divisa
desde la ruta y es una montaña muy frecuentada por personas que se inician en
la actividad de trekking y montañismo. Considerado uno de los imperdibles de Mendoza, recibe
todos los años gran cantidad de personas que se animan a intentar sus cuatro
mil metros de altura. Sin embargo, en las inmediaciones, hay muchos otros cerros
menos concurridos y, algunos otros, casi nunca visitados. En febrero de 2024,
junto a un grupo de amigos, decidimos hacer base en Grajales -campamento
central para el acceso a varios de los cerros de la zona- y aventurarnos a
varios de ellos. En esta ocasión pudimos ascender a los cerros Penitentes,
Guimón, Serrata, Quebrada Blanca y Amarillo. Cada uno ofrece sus características
únicas que los destaca del resto pero, uno de los últimos hizo la diferencia y,
por lo tanto, si bien este escrito es acerca de esas vacaciones en Grajales, hoy
pienso que los cinco primeros días se construyeron como el preámbulo del
Quebrada Blanca.
Día 1: 11 de febrero “campamento en Grajales”
La historia de Grajales viene
haciendo mella en mis elecciones. Conocer su importancia en la historia del
montañismo me mantiene atenta a cada una de los cerros que recorrió el cuyano.
Así que ir a la zona del refugio Grajales me entusiasmaba. El día anterior nos
habíamos alojado en “El Refu” (ex Mundo Perdido) y caminamos por la ruta hasta
el ingreso a la zona de Penitentes. Junto a Lina, Rocío, Eric, Seba, Gaby y
Facu cruzamos el famoso puente colgante. Luego, nos acompañaron algunos vadeos,
un paso constante y la sonrisa por el inicio del nuevo proyecto. A las tres
horas y media llegamos al campamento Grajales. Era sábado y el feriado de
carnavales se hacía sentir. Había carpas, domos y personas por doquier. Sin
embargo, el espacio es muy amplio y pudimos armar las carpas a piacere.
Si bien, por momentos, nos
volvemos un poco detractores del gentío en la montaña, disfrutamos de
encontrarnos con compañeros de otros grupos y compartir un rato de charla. Todo
es mates y risas. Además, el clima anunciaba jornadas de disfrute.
Día 2: 12 de febrero “Cumbre de los cerros Penitentes y Guimón”
Salimos del campamento cerca de
las nueve de la mañana. Mientras tomábamos el desayuno, podíamos ver los grupos
que subían con paso firme las primeras cuestas hacia el Cerro Penitentes (4356
m.). Aprontamos el equipo y nos encaminamos hacia la cumbre. La primera subida
es intensa, bastante empinada. Los grupos nos dejaban pasar a medida que
subíamos y esto nos exigía físicamente. Mi intención era decir “no, dejá, acá
atrás estoy bien” pero siempre los guías dictaminaban a sus grupos hacerse a un
costado para que nosotros -que íbamos supuestamente a
buen ritmo- pasemos. Había que cumplir con las expectativas así que lo hacíamos
(personalmente, con la lengua afuera y sudando sobremanera).
Hicimos cumbre a las 12:10. La
planicie que antecede a la cima parece montada solamente para que una pueda
maravillarse y subir con la mirada extasiada de tanto
paisaje, de tanta amplitud.
A continuación de los saludos,
las fotos y el almuerzo, nos dirigimos hacia el Guimón (4238 m.). Este
cerro es muchísimo menos transitado que el Penitentes por lo que la huella no
estaba muy marcada. Nos manejamos con el track
que habíamos descargado y con algo de orientación. La opción correcta sería
descender un poco desde el Penitentes y, luego, hacia el oeste faldeando la
cuesta. Aproximadamente a la hora y media logramos divisarlo y, al poco tiempo,
llegamos a sus pies. Se asciende por un filo hacia la cima (que se divisa desde
abajo).
La cumbre estaba despoblada. Éramos
los únicos en la inmensidad y la escena confrontaba con la fila para la foto
cumbrera que habíamos tenido que hacer unas horas antes. Ahora podíamos hacerlo
sin pedir permiso. La extensión permitía observar los cerros a lo lejos y nos
dejamos embriagar.
El descenso está bastante marcado
y, una vez que se observa el campamento, solo resta dirigirse en dirección a
él. La caminata fue lenta, pausada. Gratificaba ver las carpas y nos dejaba
tranquilos para ir comiendo y disfrutando de las vistas. Una vez en el
campamento los saludos y la felicidad siguió. La tarea inicial estaba cumplida.
No sé si fue por una cuestión de
supersticiones pero el martes 13 habíamos decidido no embarcarnos en la nueva salida. Grajales empezó a vaciarse ya que
el día siguiente era laborable. Mientras tomábamos mate, veíamos cómo se
desarmaban las carpas, se armaban los bolsos y algunas mulas esperaban la carga.
Parte de nuestro equipo también se volvía y nos quedamos con Gabriel Moruga y
Facundo Festa para encarar los próximos cerros.
Los días de descanso en la
montaña se disfrutan. Meterse al río fue una opción, cocinar algo un poco más
elaborado, un juego de dados, charlas sin apuro, pensar en los cerros que se
vienen. Nos fuimos a dormir meditando en la nueva calma que se sentía en el
valle y, también, las reflexiones estaban en las expectativas del día próximo.
Día 4: miércoles 14 “El Serrata”
Salimos a las 8:30 de la mañana.
Nos pareció que manejarnos en esos horarios en este tipo de montañas estaría
bien y acertamos. Para aproximarse al Serrata (4229 m.) hay que seguir el
camino hacia el sur, luego hay que ir faldeando las cuestas. Una vez que
ascendimos la primera pendiente, nos encontramos con tres pichones de cóndor a
nuestro lado. Fue asombroso sentir la cercanía y su belleza. Su hogar estaba a
solo unos metros y los cóndores, seguramente, esperaban el desayuno. Decidimos
seguir camino y no continuar interrumpiendo la intimidad del hogar.
El sendero está bastante marcado en un comienzo. Hay que cruzar tres veces el río por segmentos angostos. Luego de caminar unas tres horas, frente a una gran cuesta pedregosa, el camino se pierde. Una vez arriba, nuevamente se divisa la huella. Antes de llegar al Serrata, hay una cumbre nombrada como “La embarcada”. Allí observamos los testimonios de otras personas y leímos que era el paso para descolgarse al Río Blanco y seguir rumbo hacia el Refugio MOP (quedó en los planes hacer ese recorrido próximamente).
Luego de un camino de lajas llegamos al Serrata que se
caracteriza por tener un tono verde en un entorno de colores amarronados.
Hicimos cumbre a las 12:45. Es decir, nos demoramos unas cuatro horas desde
Grajales y el regreso fue a puro disfrute ya que es un descenso suave y se observan los cambios de colores en el paisaje.
Día 5: jueves 15 “el puma”
Otro día de descanso utilizado para
alimentarse y prepararse para el día siguiente. Éramos los únicos en Grajales y
la naturaleza se hizo sentir. Por la tarde, a unos metros de las carpas, a
través del sendero bien delimitado por las personas que suben al Penitentes, un
puma se hizo presente. La emoción –y el estado de alerta- nos invadió. El felino
caminaba en su territorio con paso tranquilo y elegante, miró en nuestra
dirección y siguió su camino. Un espectáculo ante nuestros ojos. La felicidad
se sentía en el cuerpo.
La salida ya tenía cuatro cumbres y dos avistajes de especies nativas -tres pichones de cóndor y el esquivo puma-.
La tarea estaba cumplida. Pero aún, había más.
Día 6: viernes 16 “Los cerros Quebrada Blanca y Amarillo”
De estos cerros no teníamos mucha información. Nuestros conocidos no habían recorrido esa zona y sólo habíamos visto un track en Wikiloc. En la búsqueda de información, encontré el libro Los hielos olvidados de Glauco Muratti que tiene un segmento dedicado a estos cerros. Destacaba un ascenso complejo. Dice: “hay que encaramarse directamente en acarreos poco firmes y muy finos: pesares al subir y recompensa en bajada” (pág. 17). En conclusión, la propuesta era desafiante así que hacia allí fuimos.
Esta vez salimos cerca de las 7
de la mañana y emprendimos la caminata hacia el Río Seco. Pasamos por otro
campamento (pequeño, con una cascada que proviene de un río subterráneo) que
favorecería el tiempo y la distancia en otras salidas. El sendero está
delimitado hasta el desvío hacia el Río Seco. Luego, todo es ascenso. Primero
por la quebrada -nosotros decimos tomarla por la derecha- y, luego, por el gran
acarreo de piedra suelta (de esos que subís un paso y bajás dos).
Una vez en el col, se observan
claramente los dos cerros que tienen sus nombres muy bien puestos. A la derecha
el Quebrada Blanca (4503 m.) alto, anguloso, escarpado. Y a la derecha, un gran
cerro de color completamente amarillo. Primero, tomamos el camino hacia el
Quebrada Blanca e hicimos cumbre a las 13:00 horas. Luego, fuimos hacia el
Amarillo (4447 m.) y nos demoramos una hora y media en hacer cumbre. En este
último hay un monolito y encontramos algunos testimonios.
La bajada es algo compleja y se realiza por el mismo acarreo de ascenso. En el camino vimos el sendero que nos llevaba hacia Los Gemelos y registramos este cerro para futuras expediciones. Llegamos al campamento a las seis de la tarde, muy cansados pero con la felicidad de haber cumplido todos los objetivos y la nostalgia que auguran los finales.
Al día siguiente desarmamos las carpas, bajamos a la ruta y, por la tarde, fuimos a Puente de Inca. Allí,
charlando con un baqueano acerca de la dificultad del ascenso al Quebrada, me
dijo que el acarreo es preferible hacerlo con nieve. En verano, aseguró,
conviene subir por el filo del Amarillo. Pensé que la próxima vez habría que
intentarlo por ahí o también se puede acceder por la quebrada Blanca.
Algunas charlas de cierre resuenan aún hoy. Facu decía que “al Quebrada, no volvía más”
mientras que Gaby proponía pasar fin de año en “el Serrata”. Por mi parte, me
quedé pensando en el Quebrada Blanca, en su lejanía, en su magnetismo, en su
piedra filosa y quebradiza, en las trepadas que proponía y en su cumbre que mostraba
otros cerros que acompañaban su espíritu adusto. Decidí que hacia allí iría en
la próxima ocasión.






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