Primera expedición al Cerro El Plata, Mendoza
Contingencias y aprendizajes cuando no hay manera de seguir
Cuando el clima no deja continuar hacia la cumbre a una persona que transita las montañas, hay mucha frustración pero también, cierta justificación. No fui yo, fue el clima; no fue mi entrenamiento, fue el clima; no fue la aclimatación a la altura, fue el clima. Hay que repetirlo como un mantra para mitigar la pena. Sin embargo, planificar durante meses una expedición, viajar hasta la montaña, prepararse física y mentalmente, estudiar la zona, comprar el equipamiento, son elementos que incrementan la ansiedad, las ganas de poder llegar. Si bien el camino es lo importante -y hay justificaciones con o sin sentido que nos vamos susurrando al oído-, llegar a la cumbre de una montaña, quiérase o no, genera muchas expectativas. Ahora bien, ¿qué pasa cuando no podemos llegar porque el clima no acompaña? En esta narración me propongo comentar el itinerario de mi primer intento de ascensión al cerro El Plata, en la provincia argentina de Mendoza; y los aprendizajes que implicaron no llegar a la cumbre.
Las inclemencias del
clima
El año 2023 estuvo
caracterizado por el fenómeno climático de “El Niño” que tiene una recurrencia
de entre 2 y 7 años, y cada vez que llega, podemos aplicar literalmente la
frase de “el clima está loco”. Tuvimos un invierno bastante caluroso y nevadas
tardías, olas de calor en momentos inusuales y el misterioso viento zonda. Por
lo tanto, fines de octubre puede ser la despedida del invierno pero, en 2023, fue
plena temporada de nieve.
El primer día: la ilusión
El transfer nos
dejó en la zona de Vallecitos y nos ubicamos cómodamente en el Refugio de la
Universidad de Cuyo. Vaciamos las mochilas, cargamos el equipo general y la
comida, y emprendimos el camino para realizar el primer porteo. La zona era
conocida por gran parte del grupo (nueve hombres y mujeres, más tres guías)
pero siempre emociona empezar el recorrido. Dejamos la carga bien empirkada en el primer campamento,
Veguitas, y volvimos al refugio a descansar tal como estaba planificado. Mates
y risas signaron la tarde aunque, afuera, el viento comenzaba a soplar.
Guardamos
nuestro equipo y nos despedimos del refugio. Emprendimos la caminata y el
viento golpeaba muy fuerte. Subíamos preocupados porque no parecía un buen día
para acampar. Reorganizamos la carga en Veguitas y continuamos el porteo hasta
el campamento Piedra Grande a 3580 metros de altura. En el camino, supimos que
debíamos volver al refugio para pasar la noche ya que las carpas no soportarían
el viento. Dejamos los alimentos y gran parte del equipo, y volvimos al
refugio. Una noche incómoda debido al viento que golpeaba las ventanas y
postigos. Varias veces nos despertamos con algo de miedo y también, preocupación
porque la expedición hasta la cumbre se volvía improbable.
Día 3
Con la luz del sol,
todo se vio diferente. Volvimos a despedirnos y salimos entusiasmados con la
idea de acampar en Piedra Grande. En el camino, los guías anunciaron que tampoco
acamparíamos esa jornada. El ánimo empezó a decaer notoriamente, además, el
viento nos hacía caer y ya no había fuerzas. En Veguitas dejamos algo del
equipo ya que, al seguir porteando incansablemente, casi que podíamos subir cada
uno de los elementos de nuestro equipo en cada caminata.
En Piedra Grande
recuperamos algo de comida y aprovechamos a subir un poco más para seguir
aclimatando. Llegamos al “Tapón” y volvimos algo contentos porque, según
decían, esa era la parte más difícil de todo el trayecto (para mí es una
mentira absoluta). En el refugio mirábamos los pronósticos climáticos,
charlábamos con cualquier persona que pueda tener algo de información, hasta
nos reíamos pensando que lo mejor era ir a pasear por Mendoza y sus bodegas.
Sin embargo, la incertidumbre abrazaba a cada uno de nosotros.
Día 4
El viento dejó
de soplar –al menos con la intensidad de los días previos- y finalmente nos
instalamos en Piedra Grande. Ahora el nuevo tema era la baja de temperatura.
Sabíamos que las posibilidades de llegar al Plata eran mínimas pero nos fuimos
a dormir con algo de esperanza. La noche nuevamente nos despertó. Esta vez, nevaba
y nevaba sin parar. Lo bueno es que no
teníamos que ir a buscar agua ya que podíamos derretir nieve para beber y
cocinar aunque, lo negativo, es que se volvía imposible acampar más arriba.
Días 5 y 6
Dos días
completos en el campamento. En las carpas. En las bolsas de dormir. La nieve
seguía y seguía y el frío era intenso. De vez en cuando, nos juntábamos a conversar
en alguna carpa. Amuchados por el espacio y por el frío. Ninguno había llevado
cartas así que charlábamos, escuchábamos música, comíamos, hidratábamos. Los
días de espera siempre son complicados. Se dudó acerca de la posibilidad de
acampar sobre hielo, subir livianos sin portear, ir a algún otro cerro, volver
a Mendoza y terminar con la espera. En el mientras
tanto, una piensa mucho. Un mañana arriesgué a preguntar qué día era. Jueves
2 de noviembre, 8 de la mañana. Pensé que justo en ese horario mi hijo estaría
entrando a la escuela y yo hacía dos días que esperaba en un tiempo infinito.
Pensaba que podría estar acompañándolo y que, ya era seguro, tampoco volvería
con la noticia de la cumbre esperada. Él siempre piensa que voy a llegar y me
gusta contarle la buena nueva cada vez que llego. También pensaba en el
esfuerzo de los últimos meses de entrenamiento, en la dieta proteica, en los
días sin alcohol y mucha agua. Lo que me sirvió fue ayudar en la carpa-cocina ya
que me llenó de aprendizajes –y de tareas-.
El guía
principal había decido que haríamos una salida hacia “la cumbre”. En este caso el
Plata estaba descartado y nuestro objetivo sería el col Plata-Lomas Amarillas.
Era un gran desafío así que nos entusiasmó. Salir de 3580 metros de altura para
llegar al Portezuelo a 4850 requería de un esfuerzo físico importante. Nos
sentíamos preparados. Además, tenía la cuota de que era un ascenso invernal.
Compramos la idea al instante y la esperanza volvió a nosotros.
El día de nuestra propia cumbre
Nos reunimos a
medianoche para poder salir a las 0:30. Caminamos sobre la nieve honda abriendo
huella. Sentí el frío seco, escuché las pisadas, vi las luces de las linternas
en la noche estrellada. Solo pensaba en colocar mi bota en la
huella que dejaba mi compañero, controlaba mi respiración, medía la distancia
pero, por sobre todo, pensaba en la belleza. Conocía la zona de Vallecitos pero
nunca había llegado a esa altura y en cada parada repetía “no sabía que era tan
hermoso”. Las veces que había ido, la aridez me había incomodado
un poco, no me había dejado disfrutar completamente de su paisaje. Y allí
estaba, abriendo los ojos y haciendo fuerza para no pestañar demasiado. El
clima finalmente nos dejaba caminar. No había viento, ni nubes, ni nieve. Mirábamos
extasiados. Un guía me advirtió que sí, que era hermoso, pero no siempre estaba
así, teníamos suerte. Creo que recién hoy entiendo que todo lo que habíamos
pasado previamente era para poder gozar de ese momento.
El ascenso fue duro. El amanecer llegó dando un gran espectáculo. La nieve siempre estuvo honda y nunca dejó respiro. Cuando pasamos por los campamentos en los que debíamos haber estado, entendimos por qué no pudimos hacerlo. Los carteles estaban completamente tapados de nieve. No había pirkas ni recinto posible. Nos detuvimos poco, por supuesto para colocar crampones, hidratarnos y consumir algún cereal. Siempre de pie, siempre mirando el paisaje, siempre sacando alguna foto.
Llegamos al col
pasado el mediodía. Llegamos todos y nos abrazamos. El viento soplaba fuerte
nuevamente. La bajada fue soleada, amable pero larga. Fue lindo ver cómo la
montaña se empezaba a poblar de gente. Seguían la huella que habíamos surcado hacía
solo algunas horas.
Último día
La vuelta luego de
un esfuerzo grande no se disfruta tanto. Las piernas están cansadas, el final
se acerca, la organización estresa un poco. La mañana fue fugaz y el equipo
para bajar, inmenso. Siempre que desciendo de la montaña siento nostalgia. No
me quiero ir. Me siento como algunos niños que se aferran a las madres a la
entrada de un jardín. Tienen que aprender a soltar pero cuesta. ¿Se aprende
finalmente? Fuimos directo a Potrerillos a disfrutar de un asado y un vinito.
Todos charlábamos felices. Esa misma noche volveríamos juntos a Buenos Aires.
Me costó un
tiempo entender todo lo aprendido. Llegué con ganas de más. Con ganas de subir
al Plata una y mil veces. Con ganas de quedarme ahí mucho tiempo. Planifiqué
cien veces más cómo hacer para volver en los próximos meses. Estudié en
profundidad las posibilidades climáticas. La conversación con compañeros ayuda
a entender la situación. Escribir sobre ella también. Tuvimos suerte. De eso
estoy segura.
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Nacho
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